Hoy, cuando Sade parece haber abandonado ese centro que llegó a ocupar, ¿no sigue su loco empeño en perseverar en el crimen demandando el esfuerzo de una reflexión que no puede dejar de pensar en el terror y en su papel conformador de la conciencia de nuestro tiempo? ¿No da que pensar y por qué preocuparse el que, hoy, los filósofos y los escritores, lejos de andar por el borde del abismo que les hiciera reconocerse prójimos de Sade, se encaminen confiados hacia la integración, incapaces tanto de pensar como de decir el «no» de lo in-humano que, desde al menos la época en que Sade pudo verlo, rige las relaciones del hombre consigo mismo y con lo otro de sí: con su prójimo?