En los años noventa del siglo xx los currículos europeos y latinoamericanos insistieron en la idea de que el objetivo esencial de la educación lingüística es el aprendizaje escolar de competencias comunicativas (el aprendizaje de un saber hacer cosas con las palabras) y no solo la adquisición --a menudo efímera-- de un cierto saber gramatical sobre la lengua (el aprendizaje de un saber cosas sobre las palabras). De ahí que los currículos lingüísticos invitaran entonces al profesorado al tránsito desde un enfoque formal de la enseñanza del lenguaje, orientado a transmitir un cierto conocimiento gramatical de la lengua y la historia de la literatura consagrada por la tradición académica, a un enfoque comunicativo de la educación lingüística orientado a contribuir, en la medida de lo posible, al aprendizaje de las destrezas comunicativas de las personas (hablar, escuchar, leer, entender lo que se escucha, lo que se lee y lo que se ve, escribir ).
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