Una maleta con cartas. Febrero de 1939, una niña de seis años llega caminando con sus padres y herman, como otros miles de españoles del éxodo y del llanto al puesto fronterizo de Port Bou, y son internados en el Campo de Refugiados de Argelès-sur-Mer: una ciudad edificada con miles de vencidos, fortificada de alambradas sobre los arenales húmedos. Ochenta años después, esa niña, hace el viaje de regreso en un tren por lugares que encabezan las cartas escritas por su padre desde el exilio. El único equipaje que lleva, ligero y pesado a la vez, es una maleta de cuero muy gastado, repleta de correspondencia. Quiero escribir lo vivido hasta atisbar el mar que lo coge, lo fijado por las olas en el velamen de las telas arañadas como renglones de la vida, en las velas latinas de las barcas de los pescadores que veo regresan de faenar, y que mi padre, seguramente, veía partir y arribar a esta costa en sus días y noches de exilio. Quiero contemplar la ausencia en la presencia y el saber del qu