El cine post-apocalíptico tiene nombre propio: es Mad Max, uno de los más grandes iconos de la histo-
ria del género de aventuras en general, y del «survival» en particular. Y tiene un lugar arquetípico que
funciona como territorio de aventuras y como expresión del fracaso de la sociedad: el páramo en el que
se desarrollan la mayoría de las peripecias de este expolicía convertido en un ser errante y sin esperanza.
La saga Mad Max está ya, desde su inicio en 1979, más allá de cualquier consideración sociológica o ar-
tística. Ha entrado en el territorio de las leyendas, esas figuras totémicas que perdurarán con el paso de
de las décadas. Con sus cinco películas, todas ellas muy distintas entre sí, pero también con los suficien-
tes nexos en común como para considerarlas un todo, el australiano George Miller ha construido una epope-
ya digna de sus ancestros griegos. La saga ha ido creciendo título a título hasta construir un universo
propio y con sus propias reglas: tras la trilogía inicial que se cerraba en 1985, George Miller y sus cola-
boradores nos brindaron un cuarto filme en 2015 que revolucionó para siempre el de cine de aventu-
ras, digno del desquiciado mundo del siglo XXI. Para terminar, crearon una memorable contraparte fe-
menina, la terrible Furiosa, que recogió el testigo de Max para ejercer de espejo de este mundo pa-
triarcal, violento, machista y decadente.