El lector tiene que prepararse para el mundo de las emociones nacidas de lo insólito He sido preso, y no un año y un día, sino unos cuantos, muchos, demasiados para algunos y excesivamente cortos para otros, por aquello de que la vida, incluso la mía, es según el color del cristal de quien la mira. Y ahí, en el campo secante de dos círculos vitales situados en planos diferentes, se encontraron nuestras vidas: las del autor del libro y la de quien ejecuta con placer el prólogo. Pasó el tiempo. Llegó el 2010. Nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Ahora los dos éramos hombres libres. Y a los dos nos unía un punto en común: el dolor. Conversamos sobre el dolor. Lo justo, lo necesario, sin extendernos más allá; y en ambos casos, en los dos costados de aquella mesa redonda, se localizaban dos personas que, conscientes del dolor, asumiendo su capacidad de tambalear espíritus y almas, saben que la principal obligación consiste en vivir, en no mirar hacia atrás queriend