Existen pocas palabras, dentro del maravilloso idioma castellano, tan hermosas como «alma». Y ahí está, eterna, en un conjunto heterogéneo y sólido de significados: persona, individuo, viveza, espíritu, energía, aliento, incluso el hueco de alguna cosa. Y ahí estamos, todos, impávidos, como analfabetos emocionales, ignorantes del alma, construyendo nuestra esencia, arraigando nuestro espíritu, forjando nuestra identidad, aquella que nos hará memorables una vez nuestro finito cuerpo claudique y perezca. Y así, cotidiana y constantemente, quizás sin ser conscientes de ello, vamos construyendo nuestra alma, desde el primer garabato hasta la máxima madurez que nos da nuestra tragicómica y agridulce condición humana, nuestro devenir diario a golpetazos, a triunfos y derrotas. De eso, en cuerpo y alma, trata este humilde poemario, de la pervivencia de nuestra alma construida, de las huellas dejadas por ella, de que, aun en esa fragilidad cual pompa de jabón que puede tener,