Un estudiante de poco más de 20 años recoge un pliego de ocho hojas abandonado en una posada universitaria de Salamanca. Antes de tirarlo siente curiosidad y lo lee. Se trata de un intento de flirteo entre dos jóvenes a hurtadillas: ella lleva carabina. El estudiante, por nombre Fernando de Rojas, decidió continuar aquella historia. Estudiaba Derecho, vivía en casa de rica biblioteca, pero respiraba una atmósfera asfixiante. No había tenido una infancia sencilla: su abuelo y su padre fueron sospechosos de un delito de sangre: se les acusaba de no tener la sangre limpia, de no ser pura. Se referían a que pertenecían a familia judía, o descendían de ella. Acusaban los acérrimos cristianos católicos de la Edad Media. No corría aún el año 1500: las mujeres en edad de merecer no tenían oportunidad de salir solas de casa, siquiera a la iglesia. Los Rojas sufrieron ofensas y denuncias. Cuando Fernando tenía doce años, su padre fue quemado en la hoguera por haberlo considerado falso arrepentid