El 8 de junio de 1867, el emperador Francisco José de Austria recibía la Corona de San
Esteban en Budapest. Esta ceremonia marcará el comienzo de la andadura del Imperio austrohúngaro, un proyecto de estado multinacional y ligado a la dinastía de los Habsburgo, que
jugaría un papel clave en las convulsiones internacionales de finales del siglo XIX y principios
del siglo XX.
Acérquese a la dimensión internacional del Imperio como actor decisivo en la escena europea del momento, a la complejidad interna de un Imperio milenario en tiempos de transformación; la efervescencia de los nacionalismos en el seno de la monarquía, la excepcionalidad de las corrientes de pensamiento que revolucionarían el mundo intelectual y cultural
europeo, o la tardía industrialización en lidia con una sociedad mayoritariamente rural y
defensora de los modos de vida tradicional en paralelo al cosmopolitismo de las grandes
urbes, que muestran la dialéctica entre la reacción y la vanguardia,