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Para Rogelio Guedea, el celebrado autor mexicano de novelas como Vidas
secretas o El crimen de los Tepames, y ganador del premio Adonais de Poesía
entre otros muchos galardones, la filosofía se convirtió pronto en un contrafuerte,
no tanto para contestar las preguntas más difíciles de la existencia (de dónde
vengo, a dónde voy, qué hay más allá de la muerte, qué hay antes de la vida), sino
para guiarse en los acontecimientos de su quehacer diario: las relaciones con
amigos, familiares, compañeros de escuela o trabajo, la relación consigo mismo, y,
en suma, lo que Sócrates decía que debía ser el fin de toda filosofía: discernir lo
bueno de lo malo para actuar en consecuencia.
Leyó entonces a Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, y luego a los
autores de la Edad Media (San Agustín, Santo Tomás de Aquino), después a los
moralistas españoles (sobre todo Gracián), más tarde a los filósofos posteriores al
Renacimiento (Spinoza, Locke, Hum