La cárcel es una institución de la cual todas y todos hemos oído hablar, pero en cuyo interior muy pocos sabemos qué sucede. El cine, la televisión o la prensa nos la presentan llena de conflictos, peleas, una escuela de delincuencia, plagada de indeseables que no han de poder salir. Pero, por poco que nos asomemos por encima de sus muros, vemos que dentro no hay más que personas. Personas que, sin duda, han cometido delitos. Algunas por necesidad, otras por voluntad y la mayoría, por circunstancias de la vida que no siempre han elegido. Y, rodeados de este hormigón vertical, si miramos bien, aparte de personas internas encontramos profesionales que trabajan allí, que acompañan, que se esfuerzan por posibilitar cambios que favorezcan un retorno a la comunidad en condiciones. La cárcel es y ha de ser una escuela, pero no de delincuencia, sino de ciudadanía, de nuevas oportunidades. Porque todas y todos, incluso quienes han cometido un delito, forman parte de la comunidad. Y esta es la f