Algo parecido debió de vivir Vita en su niñez, cuando identificaba la casa de los pajaros con la de la bruja en el cuento de Hansel y Gretel, o el magnolio que crecía hasta las ventanas del salón de los poetas, con un candelabro gigante de que iluminaba los mazanos, los rododendros, las rosas blancas que trepán por los muros de la estancia que un día fue..