Cada vez es más evidente en nuestros tiempos la exigencia de un buen acompañamiento. En el pasado, esto estaba asegurado de forma bastante natural. En el pueblo o en la pequeña ciudad, con el párroco, el maestro y el médico, y en el contexto de familias amplias, de varias generaciones, era el propio entorno el que ofrecía escucha, consejo, corrección, apoyo, ayuda. De modo que, variando el dicho africano según el cual «para educar a un niño hace falta un pueblo», podríamos decir que se necesita un pueblo para acompañar a una persona.n n Hoy tenemos claro -y está totalmente en línea con la fe cristiana, que tiene su centro en el Dios hecho hombre- que el acompañamiento espiritual solo no basta, sino que se necesita un acompañamiento integral: psico-físico-social además de espiritual. Esto implica una multiplicidad de competencias y figuras que deben actuar, pero de manera convergente y no aislada, según una dinámica de reciprocidad entre ellos y con la persona interesada.n n Y esto hay