En el centro de esta deliciosa novela hallamos a Del Jordan, una chiquilla que vive con sus padres en el pueblo de Jubilee y nos narra su día a día, su rela el compadece la poquedad del padre, admira el arrojo de la madre y comprende que tarde o temprano llega el momento en que hay que elegir entre una risueña mediocridad -hogar, iglesia, matrimonio, hijos- y otras opciones más interesantes y arriesgadas. Ese descubrimiento es también el de la vocación literaria, una suerte de llamada, de deber para con el mundo.
Lo asombroso es ver que hace cuarenta años Munro estaba ya en posesión y pleno dominio de su hermoso instrumento verbal, por encima de todo eficaz, que ahora me parece único. Y envidiable.
Robert Saladrigas, Cultura/s, La Vanguardia