En la ya lejana fecha de 1990, al preparar la edición de las Cartas de Juan Sin tierra de José María Blanco White, desde cuyas páginas tan crítico se manifestó con la obra de las Cortes de Cádiz, concebí la idea de escribir alguna vez una crítica moderna de la Constitución de 1812 que, superando los viejos tópicos románticos, pudiera servir para una mejor comprensión de su significado, aquejado de tantas inexactitudes e incoherencias'.
Máxime cuando, en un momento como el presente, con la obsesión existente por las "historias de la identidad", con tanta frecuencia se está cayendo en el espejismo de creer que la Constitución de 1812 fundó la "civilización política" gracias a la cual la España contemporánea se hace inteligible. Que no otra cosa se desprende de la construcción de un discurso en el que la Constitución de Cádiz se presenta no sólo como exponente de la identidad nacional sino como sujeto principal del devenir histórico. Pa